“El tiempo de la mujer”, historia de un dibujo

En noviembre, el sol le da poco más de media hora de vida extra a la nocturna. Por lo menos -hasta que la oscuridad nos engulle a todos- hay más ánimo que de costumbre.

El bufetero no está, consiguió otro trabajo, y ahí se va mi último confesor de las largas noches. No queda otra que entrar al salón, y a esperar que lleguen de a uno.

Cerrar notas es un arte. Entre 20 o 30 alumnos a evaluar, las inquisiciones que ellos mismos disparan como balance del año, promedios sacados con la poca matemática que recuerdo y preceptores apurados, noviembre pone a prueba de que está hecho uno.

Pero esta vez fue distinto.

Diego y Bianca estaban en el salón antes de que yo llegara. Aprecio mucho a Diego: un hombre más grande que yo, cuyo trabajo es en la parte social de la ciudad, y en el que algunos de los chicos se apoyan porque es el adulto más próximo que tienen. Sabe lo que son las necesidades, y sabe cómo se puede ayudar a quienes comparten el curso con él. Me siento cómodo con él en el salón.

De a poco llega el resto de los alumnos, de forma desordenada en lo que a horario se refiere: a esta altura del año solo van por algunas materias y, en el mejor de los casos, a buscar una nota y a empezar las vacaciones.

No entiendo la planilla de notas. Son dos cuatrimestres pero figuran tres. La preceptora me explica que no había plata para la modalidad adultos así que se usan las del secundario, tachando el trimestre que sobra con lapicera. “No es para sorprenderse” pensé, al tiempo que empecé a calificar.

Se me acercó Esteban. En algún mes del año pasado, cuando ellos estaban en primer año, yo fui su suplente durante tres semanas. Los hechos -caprichosos para desenvolverse, aunque a veces te traen gratas sorpresas- hicieron que mi titularidad interina fuera en el segundo año de esa misma escuela, y que volviera a tener ese curso que me había regalado tres semanas muy buenas de experiencia. Recordaba a Esteban. Hoy de veinte años, ojos claros llamativos, muy educado pero con confianza suficiente para dirigirse a mí; de los que no hablan mucho pero no se los ve menos felices por eso. Recordaba uno de esos tres viernes a la noche, donde me contó que a la mañana había ido a pescar. Me dio pormenores de ese viaje que me fascinaron: era en la provincia, no muy lejos de La Plata, pero caminó algunos kilómetros por pastizales hasta llegar al lago, a las 5 de la mañana. Siempre me atrapó la idea de perderse uno entre la vegetación y encontrar algo del otro lado. Lo escuché atentamente, pese a que de pesca nunca entendí.

Envidiaba ese viaje.

Había faltado mucho este año, pero no me sorprendía. Las faltas por largo tiempo son comunes, y generalmente las autoridades saben cómo resolver esos problemas para que no queden libres.

Tomó la silla vacía que tenía al lado mío, lo que me sorprendió, dado que no era de sentarse para hablar, salvo la anécdota del año anterior. Retorcía un poco las manos y empezó a hablarme, cada tanto mirando para un costado:

-Quería perdirle disculpas porque hay muchos trabajos que no entregué. Estoy pasando por un mal momento.

-No te hagas problema –le contesté- Entregaste el trabajo final, y alcanza.

-Ah, bueno. Pero le quería pedir disculpas igual. Yo siempre hago todo, pero no pude esta vez.

-¿Qué te pasó?

-Tengo a mi mamá un poco complicada, ¿vio? Y soy el único que la cuida. No quiero dejarla sola. Está en el hospital.

-Está perfecto Esteban, no me tenés que dar explicaciones, son cosas que pasan.

-Gracias.

Maxi tomó la silla al otro costado de mi escritorio. Él vive en la calle, o así me dijeron en un principio. Lo cierto es que vaga por las casas del primer familiar que esa noche le abra la puerta. Los dedos quemados por las colillas del porro, la ropa sucia, y un hablar que se dificulta para entenderlo no restan el buen corazón que tiene, pese a que a veces no sepa responder de otra forma que con los puños.

-Va a estar todo bien Esteban. -le dijo.

-¿Qué le pasó a tu mamá? –pregunté.

-Está mal del corazón. Una vez ya le pasó, pero esta vez es más grave. Los médicos me dijeron que es complicado. Pero yo se que va a salir adelante –me dijo, mientras bajaba la mirada, y el tono le ponía un énfasis a las palabras, como las de quien intenta convencerse de una historia que él mismo se cuenta.

-¿Y sólo vos la cuidás?

-Sí, la familia es así, cada uno en la suya.  Pero bueno, yo me quedo con ella. El otro día, no sabe lo bueno que fue, ella se despertó, me sonrió, me agarró la mano y se volvió a dormir. Hacía mucho que no se despertaba y justo estaba al lado de ella, me puso feliz.

Retorcí la planilla de las notas: tenía números, pero no los veía. No veía nada. Sólo la imagen que él me describió. Intenté entender la felicidad que debió haber sentido en ese momento, pero no pude. Nadie podría. Entender la tristeza siempre es más fácil.

-El problema es que estoy con mi hermano, que tiene 17. No quiero que deje la escuela y haga como yo.

-¿Pero por qué la dejaría? –pregunté en un acto reflejo que tuve en medio de la abstracción en la que me encontraba.

-Por trabajo. Es que con mi mamá así, está difícil. Yo no consigo, y salí a hacer unas changas de albañil con algunos vecinos que me dieron una mano. Es que a veces falta… -hizo un gesto con la mano, indicando llevarse algo a la boca. No podía decir que le faltaba para comer; en los ojos tenía un dejo de vergüenza por una situación que él no eligió.

-Arriba amigo –le dijo Maxi- que acá te vamos a ayudar. Si necesitás algo de la escuela decime, si necesitás plata también.

Esteban meneó la cabeza. No quería eso. Habló de un trabajo que estaba por salirle y del tiempo que llevaba comiendo arroz. Maxi le ofreció un cigarrillo y salieron.

Me quedaban algunas notas por cerrar. Pero ya no podía. Poco tiempo estuvo vacía la silla. Abril llegó, y se sentó al lado mío. No me dio tiempo de reflexionar sobre todo lo que había escuchado. La charla con ella empezó de forma similar, o casi. Se disculpó por dos semanas de ausencia y explicó el porqué no había entregado el trabajo final. Solo había un detalle: lo había entregado, pero no se acordaba por obra de la medicación psiquiátrica.

-Está todo bien, estás aprobada. –le dije- ¿pero qué fue lo que te pasó?

-Me interné por ataques de pánico y de soledad. Estaba mal.

La historia de ella es larga y complicada. Bastará decir que ya acudió a más velorios de los que a los 16 años se debe ir. Que el tío que reunía a todos el 31 de diciembre, y que gastaba sumas importantes en pirotecnia, este año se fue, y nadie va a juntar a la familia. Que vive con su abuela para que no esté sola, pero ella sí encontró la soledad. Y que una relación obsesiva la está destruyendo.

-Tenés 16 años Abril, sos muy chica para todo eso.

-Sí, lo sé, solo me da miedo pensar qué me queda para los 20 o 30 si ya viví todo esto.

-Te queda lo que vos quieras que te quede. Levantate, estás a tiempo, sos joven.

-Y usted también. Es joven, tiene 30, levántese.

Solté la lapicera, y la miré.

-¿Por qué decís eso?

-Lo que sea que le pase, es joven y puede barajar y dar de vuelta.

-¿Y a mí que me pasa? –dije sorprendido.

-No sé, pero la cara de resignado dice que le pasa algo. Es joven para resignarse.

Volví a mirar la planilla de las notas, nuevamente en vano. No había forma de seguir. ¿Qué me estaba diciendo esta chica? ¿Yo, cara de resignado? ¿De dónde sacó eso?

Si, ella vio más allá.

-A los 30 uno vivió muchas cosas –le dije- pero no por eso uno está resignado. A veces es sólo cansancio. O malas rachas.

-Tengo 16 pero viví como una persona de 40 –me dijo-, sea lo que sea, usted es joven y está a tiempo.

-La edad biológica no siempre coincide con la social. Calculo que al lado tuyo todavía soy adolescente. Pero al margen de eso, estás a tiempo. A los 20 vas a llegar con el futuro que vos elijas.

-¿Y usted llegó?

-En parte. No siempre sale en su totalidad, pero con que salga algo alcanza.

Pareció irse conforme y más alegre. Yo, en cambio, no sabía qué decir. Cerré las notas, algunos se acercaron a preguntar, otros a saludarme ya que no me verían más. Terminó la clase, y tenía cuarenta minutos por delante hasta entrar al otro curso.

Una de las ventajas de la nocturna es que se puede despuntar el vicio en el patio, y es común ver en la oscuridad las luces de los cigarrillos. Coopero con la iluminación. Pero esa noche fue distinta. El bufet seguía cerrado. El trabajo nuevo hacía que mi confesor hoy tampoco llegara a tiempo. Sin café, pero sin frío como en invierno, esos cuarenta minutos fueron distintos. Esteban, Abril…

Paseé por el hall, hablé con auxiliares, preceptores. Todos felices, ya se termina el año. Pero un impulso me sacó al patio de nuevo, y me puso frente al salón de ellos. Atravesé un partido de fútbol improvisado bajo ese tinglado de chapa, y me puse a esperar algo. No sabía qué. Hasta que salió Esteban.

Recordé que su talento para dibujar excedía lo que había visto en 30 años. Lo llamé. Sabía que él se negaría a aceptar dinero, pero una idea se me cruzó por la cabeza.

-Esteban, ¿tenés los dibujos?

-Si profe, ¿por?

-Traémelos.

-Vuelvo del baño y se los traigo. –dijo entusiasmado.

Me aparté hasta la puerta de otro salón vacío, uno en el que me quedaba en invierno, ya que la estufa no se apagaba y era el único lugar donde podía volver a sentir las manos. Esteban apareció. Estaba en la hora de Derecho pero pudo salir, ya que nada memorable pasa en esas horas.

Uno a uno, fue sacando los dibujos, apoyándolos en esos bancos que mantienen las marcas de cuantas generaciones pasaron por el aula. Explicarlos es una tarea vasta e inocua. Sólo puedo decir que me impresionaban. Un león con adornos indios, cuya otra mitad de la cara era su esqueleto carcomido por el paso del tiempo en algún desierto. Una casa en la inmensidad de algún lugar desolado tragada por la noche, frente a una luna indefensa pero amenazante a la vez. Cada uno mejor que el otro, y en cada uno encontré algo, un absoluto, todo y nada explicado al mismo tiempo. Los ojos no me daban tregua para memorizar cada uno de sus detalles, que sólo podrían admirarse viéndolos.

Me detuve en uno. Una mujer, con una máscara, o quizá solo un antifaz. El pelo repleto de flores, y un reloj de bolsillo sobre su cabeza, marcando las 5.

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-Ese se llama “El tiempo de la mujer”.

-Esteban, quiero uno de tus dibujos.

-¡Sí, profe! ¡Obvio!

-Pero con una condición.

-¿Cuál? –dijo y me miró con extrañeza.

-Te lo compro.

-Pero…

-Te lo compro. Sino no lo quiero.

-Profe… -titubeaba mientras hacía un esfuerzo para contener lo que serían lágrimas.

-Por tu hermano. Pensá en él.

Esteban aceptó. No tenía más que $ 100 encima. Lamenté no haber tenido más. Me abrazó y sentí que no quería soltarme. Solo atiné a decir “Va a estar todo bien”, con la culpa de decretar tan acertada sentencia. Pero no pude hacer otra cosa.

Volvió porque lo llamaba el profesor. Me quedé mirando el dibujo. “El tiempo de la mujer”. Pensé en el tiempo de su madre, en el hospital, sin saber cuándo sería su hora. Pensé en Abril y su tiempo biológico en contraposición con el tiempo de su experiencia vivida. Pensé en mis 30 años. Pensé en el tiempo que llevo en esa escuela, y en los sueños de cada uno, que nunca supe. Pensé en que, de alguna forma, ese dibujo nos dijo a los tres lo que los tres no podíamos ver. El tiempo es diverso, pasa para todos diferente. Él esperó 20 años para convertirse en adulto, yo 29, y todavía estoy lejos de alcanzarlo.

En algunas líneas pudo expresar su sueño, el de ser artista. La suerte no está con él en este momento, pero las líneas no paran de plasmarse en sus hojas de dibujo amarillentas. ¿Dónde plasmo yo las mías, si pese a quejarme de tantas cosas, no espero días a que mi madre se despierte y me de la mano?

Ya cerré las notas. Esteban tiene un diez.

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61 thoughts on ““El tiempo de la mujer”, historia de un dibujo

  1. Hola! Hermosos gesto y hermoso dibujo. En la nota de la nación hay varios interesados en comprar dibujos de tu alumno. Si puedes pasa los datos ppr favor. Tanto talento merece ser reconocido. Saludos

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  2. Mucho me gustaria comprar un dibujo a Esteban por que ahi esta su vida , si pudiera dibujar algo de navidad en familia que es lo que el sueña y seguro muy pronto eso va pasar, como hago?, vivo en Brasil pero voy seguido a bsas, agradesco mucho lo que hizo por Esteban, espero la respuesta.

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  3. Leí la nota en la nación y me emocionó profundamente tu relato. Como todos, quiero comprar un dibujo, espero que lo puedas contactar somos muchos los interesados en darle una mano.

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  4. Mi admiración para el profe, por la sensibilidad y el compromiso. El relato de esta experiencia nos demuestra que siempre aprendemos del otro, sin importar los roles que estemos jugando;el profe es un ejemplo y los alumnos también lo son. Brindar esperanzas en contextos tan complicados es realmente un tarea elogiosa, y de la que debemos aprender todos. Nuevamente, mis mas sinceras felicitaciones para el profe y esos luchadores de la vida.

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  5. Gran historia… hermosamente contada. Me atrapó. Gracias por las palabras y por el gesto. Gracias por tenderle una mano a Esteban… y lo que seguro más lo ayudó, una oreja y un abrazo sinero. Ojalá puedas pasar los datos de él. Yo también quisiera comprarle un dibujo. Muchas gracias.

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  6. Me gustaría contactar a Esteban. Quizás sea más fácil por las redes sociales, dado que vos tenés su nombre y apellido?
    Se me ocurre, como una solución rápida a su tema económico, que podría dedicarse a diseñar y hacer tatuajes.
    No desperdiciar sus manos y su talento en la albañilería. Saludos

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    1. Nos interesa mucho el tema del tatuaje. Esteban dijo que tenía una parte de la maquinaria pero que todavía no había aprendido. El sueño de él además de tatuar era vender los diseños. Él está muy entusiasmado con esa idea.
      El nombre completo de él es Esteban Ivan Madella. Así lo podés encontrar. En la página https://www.facebook.com/dibujosallapiz?fref=ts muestra algunos de sus dibujos. Sino, me podés escribir a mi a matias_lfc@hotmail.com
      La idea de los tatuajes nos parece fabulosa

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  7. Vivo en EEUU, soy jubilado, lo que hace que el dinero siempre es escaso, pero esta nota me hizo lloorar.
    Esta es mi dirección de correo electrónico. piottilax@aol.com, por favor cuando sepas como contactarme con el, quiero comprarle unm dibujo y si pudiera también conocerlo a este ser humano hermoso (como hay muchos).
    Las noticias siempre son escabrosas o tristes o con impacto, pero esto es LA VIDA MISMA. Bellisimo. Gracias por ser asi (ambos) Raul

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    1. Hoy cuando lei por primera vez el “cuento” me emocione mucho y en mi cabeza pasaron muchas cosas, pero a esta hora de la tarde y despues de leer algunas respuestas, me parece que un muy buen “cuento”.
      Espero respuesta.

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      1. Hay un cuento, dado que fue necesario una forma de contar una experiencia real.

        “Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten
        (…)
        Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad.”

        El Aleph

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  8. Muchas gracias a todos y a todas quienes se interesan por el trabajo de Esteban, es realmente maravilloso recibir estas muestras de apoyo. Quienes hacemos este blog somos docentes, de manera que esperamos contactarlo en estos días para conversar con él de toda esta ola solidaria y allí organizaremos cómo establecer el contacto. Calculamos que entre hoy (23/11) y mañana tendremos más novedades.

    ¡Muchísimas gracias de neuvo!

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  9. buenas tardes , yo no soy profesora , soy madre de 4 hijos adolescentes , he leido que mucha gente quiere ayudar a Esteban y me parece genial , ojala viva de lo que le gusta , amo el arte …sin embargo me interesaria saber mas de la historia de Abril , que es de sus sueños y su hambre de vida , me gustaria poder acompañarla de alguna manera , poder prestarle mi oido y mi poca experiencia , tal vez alguna charla …tal vez y aunque mas no se , regalarle un tiempo de mi vida para compartir una charla …mis datos quedan a disposicion …un fuerte abrazo y gracias al sr: profesor por tomarse el tiempo de conocer no solo al alunmo , sino tambien al ser humano que hay en cada uno de ellos …un fuerte abrazo ..Yohana Carballo

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