Salud, señorita maestra

En Argentina, según el último censo del sector, realizado por el Ministerio de Educación de la Nación en 2014, el 75,7% del personal que trabaja en establecimientos educativos son mujeres. Este número alcanza a un total de 894.767 personas, de las cuales 724.801 son docentes, y el resto se desempeña como auxiliares (“porteras”), personal técnico, etcétera.

Esto significa que casi 8 de cada 10 docentes en Argentina son mujeres. Y, a su vez, esto constituye la mayor masa de trabajadoras en todo el país, superando el personal doméstico y de la salud (según datos del INDEC sistematizados por Daniel Schteingart). Un paro de mujeres, de haberse logrado efectivizar en el día de hoy al cien por ciento, hubiera hecho colapsar el sistema educativo argentino.

La feminización de la docencia se remonta a los orígenes del sistema educativo: no sólo se concebía el magisterio como una continuación de la crianza maternal y de las tareas del hogar, sino que además hace más de cien años la brecha salarial entre hombres y mujeres era muchísimo más amplia que hoy (que alcanza, según datos del  Ministerio de Trabajo y Seguridad Social para el primer trimestre de 2017, un 21% en los trabajos registrados, y trepa hasta 35% en el circuito informal). Esto significa que el modelo sarmientino mataba dos pájaros de un tiro: por un lado conseguía mano de obra para el establecimiento de una poderosa maquinaria educativa al servicio del  recientemente consolidado Estado capitalista argentino, y además lo hacía a un bajo costo en un mundo en el cual la participación de la mujer en el mercado laboral –esto es, por fuera del trabajo doméstico no remunerado– era realmente exiguo.

Así se fueron sentando las bases de algunas de las herencias más perversas que cargan sobre nuestros hombros docentes: la nefasta idea de vocación como motor del trabajo docente –derivado linealmente de la “segunda madre” que, naturalizando el papel de la mujer-incubadora, ¿cómo no iba a tener ganas de seguir criando niños, si era básicamente para lo que había nacido?–, que nos obliga a repetir hasta el hartazgo nuestro papel de trabajadoras y trabajadores de la educación en tiempos de guerra paritaria. Pues bien: en la toma de conciencia de nuestra faceta profesional –cada vez más calificado, en un escenario de trabajo cotidiano cada vez más complejo– se incluyó una máxima que tenemos que enarbolar como bandera: la vocación es una mercancía. ¿Quiere la sociedad docentes con enorme vocación? Que se paguen enormes salarios. Si ése es el presunto valor agregado al que estamos obligados los docentes, pues bien, que sea ítem. Que entre en un Excel. La “vocación” (el tiempo de corrección y planificación virtuosa, el contener las tristezas, las alegrías y las violencias que atraviesan a los pibes, hablar con padres y madres a horarios estrambóticos) se cobra, señores ministros, señores patronales de las escuelas privadas.

La otra herencia perversa es la del salario tradicionalmente bajo. En los cimientos del discurso imperativo vocacionalista de los docentes está la condena a la igualdad de la mujer, los pisos pegajosos, los techos de cristal. Subyace, bajo el mandato de trabajar gratis -mientras María Eugenia Vidal inventa una nueva guerra contra Roberto Baradel-, el dedo que manda a las mujeres a lavar los platos y a tener pibes colgados de las tetas, a no poder decidir sobre su cuerpo. No está dicho, no está explicitado. Pero está ahí, en el subsuelo de los discursos fascistas que escupe Intratables. Cabe añadir: el 66,8% del personal educativo declaró que su salario es el principal sostén del hogar. ¿Cómo hacer, siendo mujer, muchas veces madre, para sostener el trabajo, la crianza, y además una actividad sindical?

Casi 8 de cada 10 docentes en Argentina, entonces, son mujeres (el techo de feminización está en la provincia de Santa Fe, con un 79,85% de mujeres, y el piso en Formosa, con un 67,48). Pero a esta brutal evidencia empírica se contrapone la subrepresentación femenina en los espacios de poder asociados al sistema educativo: los ministerios de educación y los sindicatos. Aunque en la actualidad 14 de los 24 ministerios provinciales tienen como titulares a mujeres, desde la creación del cargo de Ministro de Justicia e Instrucción Pública de la Nación, en 1854, sólo dos (Susana Decibe, última ministra de educación de Carlos Menem; y Graciela Gianettasio, durante casi todo el mandato de Eduardo Duhalde) ocuparon el cargo de máxima autoridad educativa a nivel nacional (sin que esto sea ninguna evidencia de las luchas feministas). Dentro del ámbito sindical, aunque algunas de las dirigentes más importantes de CTERA –el mayor nucleamiento gremial docente del país– desde 1983 han sido mujeres (Mary Sánchez, Estela Maldonado, Marta Maffei), las “mesas chicas” de los sindicatos están prácticamente monopolizadas por varones. Reformulando: las bases gremiales de la docencia son mujeres, las cúpulas sindicales predominantemente masculinas. Está claro que en los estratos intermedios las compañeras van perdiendo protagonismo, dejando al descubierto los privilegios de los varones dentro del gremio. A medida que la actividad sindical demanda más tiempo, somos los varones quienes disponemos de él, ya que nuestras compañeras, finalmente, además de trabajar todos los días en las aulas, vuelven a hacerse cargo de la gestión hogareña y la crianza de los hijos. Simplificando, una vez más: la pérdida de espacio de las mujeres en los ámbitos de representación sindical docente dejan a la intemperie los privilegios que tenemos los varones en el sistema educativo (y fuera de él). Sostenidos, una vez más, por el trabajo doméstico no remunerado de ellas. Uno de los pilares de explotación laboral sobre los que se sostiene el sistema capitalista.

Pero si las cuestiones de género, en el ámbito docente, son un problema bastante escandaloso, cabe sumar el de clase. Las auxiliares no sólo cumplen las tareas de limpieza y orden del edificio escuela, sino también muchas veces ofician como sostenedoras de los estudiantes y el buen clima escolar. Aunque el rol de “las porteras” no es pedagógico –como sí lo es, por caso, el de los preceptores–, absolutamente todo lo que pasa en una escuela está atravesado por lo vincular. Y las auxiliares, por lo general, suelen pertenecer a estratos sociales más bajos, con menos nivel de estudios alcanzado, muchas veces provenientes de lugares lejanos a su lugar de trabajo. Y así, en el falso gineceo educativo, ellas quedan aún más invisibilizadas. El sistema educativo: olimpo de las valkyrias fantasma donde el poder y los privilegios reales siguen siendo nuestros, de los varones.

Las más innovadoras, comprometidas políticamente, lúcidas, afectuosas, formadas disciplinarmete, actualizadas, del cuerpo docente y las trabajadoras educativas son mujeres. Esto no se debe a que la portación de útero provea de aceites esenciales que doten al cuerpo de esas virtudes: lisa y llanamente obedece a la cuestión del número que ocupan ellas sobre el total. Y, muy probablemente –esto lo podemos plantear como hipótesis– de la necesidad de realizar esfuerzos extraordinarios para hacerse notar para ser tenidas en cuenta como profesionales sólidas, en un universo donde, y vale la pena repetirlo, los privilegiados somos los varones.

Hoy es 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, de la Mujer Trabajadora. Independiente. Autónoma. Corresponde saludarlas, siendo la enorme mayoría de un gremio cada vez más descalificado y reducido a números a ajustar por este gobierno. Corresponde saludarlas siendo que ellas, y no nosotros, han sostenido cada escuela a lo largo de estos más de cien años del sistema educativo.

Pero, fundamentalmente, nos corresponde a los varones corrernos de nuestros privilegios en nuestro trabajo y en nuestros sindicatos. Corresponde que tomen la palabra, la palabra decisiva. Corresponde que nos representen y tengan margen de poder. Corresponde, sin más, que nos conduzcan.

Salud, compañeras.

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Autor: Fue la pluma
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