La peor pedagogía posible: adornar la nada

Publicado el 29 de agosto de 2019 en Revista Anfibia

Docencia taxi significa ir de una institución a otra en transporte público, acumulando horas en la grilla horaria que nos tiren un número aceptable en el home banking a fin de mes. Entre esas horas muchas veces hay tiempos muertos, que no alcanzan ni para sentarse a tomar un café. Mucho menos a fin de mes, donde cada billete de diez pesos –ya no estamos en condiciones de decir “cada centavo”– vale.

En esos tiempos muertos, mientras compro un café con leche para llevar, muchas veces abro Twitter: una burbuja frenética, un microclima a la carta, la velocidad de la coyuntura narrada por las subjetividades que customicé. Miro por esa ventana y veo pasar intentos de interpretación de un país con el motor económico fundido y un vendaval político inédito. Un presidente que se quedó sin poder de un día para el otro, arrancó un raid de desnudez clasista a la euforia de la plaza. Frente a él, un contendiente confiado, sereno, astuto. Y una mujer, esa mujer, en silencio. Esta coyuntura, que mezcla una diversidad de variables a una velocidad 5G, seguramente será un caso de estudio en el futuro cercano para cientistas sociales. Entre las PASO y las elecciones generales de 2019: las once semanas que conmovieron a la Argentina. Y de las once, hoy, 28 de agosto, apenas pasaron dos y media.

Se acerca la hora de entrar a mi próxima clase, me entregan el café al paso. Todo tan globalizado: todos los vasos son del mismo material, todos los cafés con el mismo gusto aguachento, los revolvedores de madera, las tapas para llevar, el anuncio ecofriendly. Mientras tomás tu café impersonal en la calle, de un trabajo al otro, no te olvides de cuidar al planeta: es el único que tenemos. Kant decía que sólo lo conmovían dos cosas: un cielo estrellado sobre él y la ley moral, el deber ser, dentro de él. Ah, si viviera en el siglo XXI, donde el mercado nos marca el ritmo de la vida a puras apps y big data. Tanta libertad simulada se volvió asfixiante.

Entro al profesorado.

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Ilustración de Sebastián Angresano para Revista Anfibia

 


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