No tenemos utopías

Nubes negras sobre los blancos progresismos

Bolsonaro ganó en Brasil, Trump despliega su política antiinmigratoria en la potencia más grande del mundo. Se hacen eco de una combinación de elementos que ha logrado encastrar, en esos países –y que emerge cada vez con más fuerza en Europa– en una propuesta política. Es la hora de la expresión clara y brutal de un antiestatismo renovado, que denigra toda intervención estatal –desde la salud pública a la misma idea de los impuestos– menos la represiva, de una xenofobia y un racismo ahora más claramente vinculado a la aporofobia: el odio a los pobres (a quienes se caricaturiza como “vagos”, receptores únicos y parasitarios de la acción social del Estado, y evasores impositivos). Pero esta operación también apela al ideario de que “todos somos clase media”: el pobre no se considera pobre, sino perjudicado por otros más pobres que él. Así viva en una villa y tenga empleos ocasionales y ultraprecarizados, verá en el pibito desescolarizado y con problemas de consumo que rancha en su esquina –y en su mera supervivencia– a la raíz verdadera de sus problemas. Adicionalmente, esta combinación de derecha milita un feroz antifeminismo, al simplificarlo –por ejemplo, reduciéndolo a la ejecución de escraches–, denigrando así todas sus luchas vinculadas a la aceptación social de las diversidades sexuales, a la igualdad jurídica, social y cultural de las mujeres y las diversidades de género, y al disfrute del propio cuerpo.

A esa lista de odios viene adosada una propuesta: la del mercado como regulador único de la vida social, y la del mérito individual como única llave de acceso a él. Esta idea no viene sólo como un potente tanque de la derecha, sino que encuentra sus armas, también, en el culto al consumo popular. ¿Por qué un pibe de la villa no puede tener un buen par de zapatillas, una buena campera, un buen celular? Los grandes avances populares del siglo XX vieron su expresión jurídica en el avance de los derechos, pero ese avance de los derechos redundaba en un consumo mayor de bienes antes prohibitivos. ¿Qué pesaba más? ¿La ley sellada, firmada y vigente o la posibilidad de acceder a un auto propio, o más aún –paraíso terrenal de las clases populares– a una vivienda digna propia? Si el bienestar se reduce al consumo y al logro de determinadas metas por medio del intercambio en el mercado, está claro que por más válido que sea ese escenario para los progresismos, lleva dentro de sí el huevo de la serpiente. No necesito derechos, necesito plata. Porque si no tengo derechos, los compro. En el mercado. Entonces, los problemas sociales se resuelven con más mercado, y al que se oponga, bala. Le llaman “Marxismo cultural” a cualquier planteo a favor de una distribución progresiva del ingreso, e “Ideología de género” a la más estricta Educación Sexual Integral que valide como legítimas opciones sexuales diferentes a la heteronormada. Muy similar al “bolchevismo cultural” al que hacía referencia el antisemitismo furioso de principios de siglo XX en Europa.

Estos planteos han hecho carne, se han vuelto populares mientras desde el progresismo, o las izquierdas, o el campo popular, perdíamos tiempo ridiculizándolo. Pero, tal vez, por otra razón más: en un mundo plagado de incertidumbres, son una propuesta de futuro. Son una certeza: “a vos no te va a pasar nada, porque trabajás todos los días para ganarte el pan, y vamos a matar al que te lo impida”.

Esa propuesta de futuro tiene un correlato educativo. Bolsonaro lo dijo ayer en su discurso de asunción: respetaría la voluntad de “aquellos brasileros que quieren contar con buenas escuelas capaces de preparar a sus hijos para el mercado y no para la militancia política”. ¿Qué familia no desea que sus hijos aprendan “cosas útiles”, y que “pierdan menos el tiempo” en distracciones de índole diversa? Ahí hay una propuesta concreta. Validada no sólo por los apoyos de derecha dura, sino los de derecha blanda, y muy seguramente por los progresistas y la izquierda. Si obviamos su trampa, es un axioma prácticamente universal.

La derecha tiene propuestas, entonces. Para el trabajo: la desregulación total, la caída de los esquemas jurídico-laborales del Estado de bienestar (jubilación, vacaciones, indemnización por despido); para la escuela: la formación estrictamente utilitaria para el mercado, dividiendo la oferta en una formación especializada para las elites y una formación de cuarta para el resto –como planteó Esteban Bullrich acerca de emprendedores y disfrutadores de la incertidumbre–, sin “degeneraciones” sobre sexualidad o sobre reclamo de derechos; para la sociedad, en fin: una comunidad humana que respete las jerarquías de un “nosotros”, “los de siempre”, que estas nuevas ideas vienen a corromper y a desarmar. Bolsonaro, Laje, Olmedo, Trump, lanzan esos discursos y muchísima gente se deja atrapar por ese “nosotros”, “los de siempre”. Incluso los pobres, marginales y excluidos. Se oculta, en esos discursos de apelación conservadora, que los significados están asociados a un modelo heteronormado, patriarcal, blanco de piel y rico de bolsillos. El resto son –y deben ser– descartables, pero el discurso también es adoptado por los descartables. Así de efectivo es. Así de contundente.

No se puede dejar pasar, desde ya, ese fenomenal mecanismo de control social en que se convirtieron las redes sociales, vía recolección y tráfico de nuestros datos más sensibles, para diseñar estrategias de publicidad –de productos, servicios y propuestas políticas– escalofriantemente personalizadas. Todo lo que decimos, mostramos y megusteamos en las redes puede ser usado en nuestra contra. Ya no hacen falta brutales genocidios para garantizar la obediencia a un régimen. El control social ahora es la neutralización de la protesta. Lo saben –y lo utilizan– muy bien las derechas, pero también el gobierno chino, que logró un cuasi monopolio del Big Data en el país más poblado del mundo.

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Sin respaldo pero también sin banquito

Ante este escenario bastante atroz que se presenta, las respuestas que solemos ofrecer, desde el campo educativo, parecen estar teñidas de ciertos significados ligados a momentos pasados. Se apela a sentimentalismos asociados a los avances de los movimientos de liberación de los 60-70, herederos del anticolonialismo y –en América Latina– de la revolución cubana. También se pueden identificar las épicas de la Marcha Blanca de 1988, y la Carpa Blanca de fines de los 90. Esa mezcla nos lleva a una reivindicación de los docentes, de lo público en general y de la educación pública en particular, como valores en sí mismos. Si bien apelar al valor positivo de la escuela pública –guardapolvo blanco, maestra amorosa, Sarmiento– es un recurso que debe ser explotado para elaborar discursos de cara al “sentido común” de la opinión pública (y esto es una tarea no sólo necesaria, sino urgente), no plantea un escenario real alternativo, en términos de políticas públicas. La única respuesta –lógica, naturalmente– a los intentos precarizadores y mercantilizadores de la educación es la defensa. A veces, corporativa. Es natural: ante un avance destructivo feroz, hay un abroquelamiento en las defensas de las escuelas nocturnas, de los institutos de formación docente, de la soberanía curricular, del Estatuto del Docente. Quienes trabajamos en y pensamos el sistema educativo sabemos cabalmente que cada uno de estos factores, y muchos más, necesitan ser repensados de cara al siglo XXI. Pero la única arena posible para pensarlos ampliamente, hoy, no asegura avances (más bien al contrario, daría la impresión).

Durante el “siglo XX corto” (1917-1991) la Unión Soviética sirvió de faro –pero también de banco– para pensar propuestas alternativas al capitalismo, o mejoras sustanciales. Existía una buena perspectiva en las relaciones de fuerza, que permitía establecer debates con los polos ideológicos del capitalismo acerca de los diferentes aspectos de la estructura social. La respuesta del capitalismo a la amenaza comunista fue el Estado de bienestar de segunda mitad de siglo XX. Así, ampliando y extendiendo los beneficios del consumo –y del capitalismo– a las masas populares, el capital internacional intentaba desincentivar el apoyo a tumbar el sistema con “el oro de Moscú”. Y lo logró en buena medida. El peronismo fue la identidad de ese Estado de bienestar capitalista en Argentina, que además dio origen a un movimiento político de masas que perdura hasta hoy, pero que –tal vez– deberá reinventarse para competir con la derecha Big Data, brutalmente eficaz para convocar los apoyos de los mismos sectores populares que salen perdiendo con el modelo que proponen.

Caída la URSS, cayó el Norte de la Revolución del Proletariado y la posibilidad de contar con financiamiento sólido para pensar alternativas al capitalismo salvaje. Pero también cayó el Estado de bienestar –cuya demolición había arrancado en la década del 70, con la crisis del petróleo y el fin de la energía barata–, que ahora ya no es necesario para contener aquella amenaza clara, concreta e identificada en tiempo y lugar como la amenaza comunista. El capital desatado tiene vía libre para cambiar los paradigmas de su acumulación y caminar francamente hacia la hiperconcentración. El uso de Big Data permite un control social sutil y más barato que balas y centros de exterminio, y naturalmente con consecuencias legales casi inexistentes para sus perpetradores. Y ahora, ¿Quién podrá defendernos?

Rearticular, y las mareas verdes

Tal vez, desde el campo educativo, debemos rearticular con los partidos políticos que propongan avances progresivos, con menos pruritos de pureza. Pero también tomar, como maestros y maestras, la tarea de pensar propuestas de política pública que tiendan a modernizar lo que –sabemos nosotres, que estamos en las aulas, mejor que nadie– es necesario modernizar: de nuestras carreras, pero también de las ofertas educativas. Con el piso básico del respeto más riguroso al derecho social a la educación, y construyendo tramas que permitan una readecuación curricular tolerante, progresiva y con los Derechos Humanos como columna vertebral. ¿Es esto posible? ¿Hay formas de organización? Hay. Existen los sindicatos y los centros de investigación en políticas públicas. Existen las universidades nacionales –y algunas privadas– interesadas en este tipo de articulaciones.

Tenemos entonces, como docentes, dos tareas pesadísimas por delante: ver de qué manera podemos marcar agenda educativa mediante la propuesta de políticas públicas progresivas, por un lado, y de interpelar a la opinión pública con sentidos y significados que la convoquen a defender algo que, mal que mal, sigue estando en la memoria social como un logro de nuestro país: la escuela pública.

Por otro lado, somos testigos –y nuestras compañeras, protagonistas– de un movimiento que lleva dentro de sí un reclamo por justicia e igualdad: el feminismo, que si bien abreva en tradiciones de largo aliento, se ha vuelto masivo en los últimos años. El movimiento de mujeres, uno de los blancos de las nuevas derechas, es el único espacio masivo que plantea un freno a las exclusiones brutales, a la distopía neoliberal. Pero confusamente también comienza a esbozar nuevas formas de concebir no sólo las relaciones sociales sino también la praxis política y hasta la autoridad estatal, que cuestiona prácticas liberales muy arraigadas –y de las que echaron mano todos los gobiernos del siglo XIX hacia acá, de cualquier signo–. Está por verse cómo podrá el movimiento de mujeres transformarse en una marea mundial propositiva y cuál es el alcance práctico real de sus cuestionamientos al orden patriarcal pero también capitalista y estatal. Pero tal vez, en el teatro de operaciones de la guerra política del siglo XXI, las trincheras sean entre las derechas jerarquistas y el movimiento de mujeres y sus aliados.

En Argentina, 8 de cada 10 docentes son mujeres. En todo el mundo es una profesión feminizada, pero también pensada como desprofesionalizada. Las maestras –“amorosas”– también son vistas –por la sociedad en general, pero también por buena parte del mundo académico– como trabajadoras de segunda, y subcalificadas. El lado B de la señorita maestra es la “maestonta” bruta. Ese sentido también está ahí –de hecho, de allí deriva un salario atávicamente bajo: a las mujeres se les paga menos–.

En rigor, les docentes tenemos la necesidad de articular nuestra práctica con esperanzas. ¿Qué valor inmaterial sino, nos hace tenerle paciencia a ese chico, o a esa chica, de que va a lograr aprender lo que intentamos enseñar, y de que ese aprendizaje resultará significativo para su vida, para pensar mejor su entorno, para abrir nuevos horizontes? Los docentes no podemos renunciar a la utopía. Pero no podemos quedarnos en algunas que son obsoletas en un mundo con amenazas serias y concretas.

Tenemos que contribuir a la construcción de nuevas utopías: una posibilidad para pensar es teñir de verde nuestro gremio, pensar políticas públicas, interpelar al televidente de Intratables. Todo eso tenemos que hacer, como tareas pendientes. Sin dejar de estar en el aula, atendiendo nuestro trabajo. ¿Podremos? Lo que está claro es que es absolutamente necesario, para buscar nuevas utopías, para dar una propuesta de futuro que no consista en la muerte, la miseria y la exclusión.

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Fotografía de Alan Monzón (Rosario3.com)

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