Contra la burocracia escolar

Argentina es un país periférico. Así participa del concierto mundial, de esta etapa del capitalismo tardío en el que los chinos sueñan con meterse en la mente de sus niñes, y les argentines soñamos con una escuela del pasado que no existió jamás. Pensamos la escuela presos de un recuerdo falso, como si nuestra fantasía educativa fuera un bug de “El vengador del futuro.”

Saboreando la memoria de lo que nunca fue, partimos desde ahí para pensar la educación del futuro. Algunos grupos de interés, como ciertas ONG auspiciadas por el capital concentrado argentino, llegan a la discusión como un niño que está descubriendo el mundo. La diferencia entre les niñes y los grandes empresarios, en educación, es que les primeres no esperan a tener un marco teórico para interpretar el mundo: llenan los huecos con magia y fantasía. Los empresarios, por el contrario, rápidamente compran los buzones de algunas figuras y organizaciones que han sabido situarse como referencias en educación a puro zócalo de TV y ranking.

Del lado de enfrente aparece una denuncia distraída, como si el futuro de la educación se debatiera entre viajes interestelares y un conservadurismo luddita que quedó congelado en 1973. Y la escuela, mientras tanto, sigue ahí, igual que siempre, todos los días diferente. Nadie la mira: imaginar maníacamente la potencialidad de un panóptico a nivel neuronal o declamar la liberación de los pueblos contra el imperialismo neoliberal son industrias en sí mismas, que nunca se tocan.

Podríamos decirlo de otra manera: cuando se debe discutir el futuro de la educación la escuela queda olvidada en una guerra absurda entre la tecnofilia fetichista que busca tapar sus tragedias con educación emocional, y la denuncia al neoliberalismo que busca la piedra filosofal pedagógica del progresismo que, de una vez por todas –después de décadas de fracasos– sacará a los pueblos de su letargo y los acompañará paternalísticamente afuera de la caverna.

Y, sin embargo, la escuela.

La semana pasada, en las secundarias públicas de la ciudad de Buenos Aires, terminó el período de orientación y evaluación de diciembre. Parte del ritual agónico decembrino es pasar las planillas a las actas volantes y las actas volantes a los libros de actas. Desde allí, a su vez, se pasarán las notas a los registros y luego a los calificadores. En síntesis, docentes y preceptores habremos escrito la misma nota en al menos 7 (siete) lugares diferentes, a mano, en tinta. Ante el error, la prohibición total de usar liquid paper: se borra con goma para tinta, y si es difícil invertimos 5 o 10 minutos para borrar una palabra, para luego sobreescribir encima y salvar: “Sobre borrado vale 8 (ocho)”. Firma después. La vicerrectora controlará acta por acta en su número de documento, nombre, apellido, nota en letras y números, cantidad de aprobados, aplazados y ausentes. ¿Firmo en el espacio del medio o a la izquierda? ¿Quién es el vocal con la disposición 053/98? Mientras tanto queremos irnos, comenzar las vacaciones: fue un año de trabajo agotador. Y ahí estamos, respirándole en la nuca a nuestra compañera que mandó a tres cuartos de un curso a recuperar contenidos y está pasando cuatro actas con 19 alumnes en cada una.

Las planillas, las actas volantes, los libros de actas, registros y calificadores quedarán en la escuela para consulta de nadie. El ministerio no inspeccionará jamás esas toneladas de papel en las que invertimos horas enteras todos los años. Algún ex alumno vendrá a pedir un certificado, y ahí será necesario el chequeo. ¿Podría estar esta información en un sistema informático, en un archivo, incluso físicamente pero extraída de un soporte digital? Por supuesto que sí. Pero simplemente no se hace.

O sea: mientras buscamos la pedagogía definitiva que libere los pueblos o el sensor que detecte las sinapsis de la atención, seguimos pasando actas y planillas como burócratas kafkianos. El sinsentido de registrar información multiplicada hasta el infinito. ¿Qué tiene que ver eso con el acto de educar? Nada. Absolutamente nada. Burocracia pura. No sólo eso: burocracia decimonónica pura. Las academias-industrias buscan piedras filosofales –cuantitativas o cualitativas– y de allí extraen sentidos al concepto de “innovación educativa”, pero nadie reparó que estamos sosteniendo procesos de más de un siglo y septuplicando información sin ningún tipo de sentido. (Y quien escribe esto es un acérrimo defensor de la burocracia, en el sentido más moderno del término. Aunque esto no viene al caso.)

El punto, entre tanta metáfora, hipérbole e ironía es sencillo: la innovación educativa debe empezar por lo más esencial, que es resguardar la tarea específica del docente, que es educar. Y debe “limpiar” de la escuela todo lo superfluo, todo lo que la tecnología pueda solucionar y que distrae de las tareas pedagógicas y didácticas. No necesitamos soluciones mágicas ni nuevos (viejos) marcos teóricos: les docentes necesitamos concentrarnos en enseñar.

¿Y si partimos de esa base? ¿Y si la investigación educativa, las políticas públicas, la reflexión filosófico-pedagógica, vuelven a lo esencial, que es defender con uñas y dientes la función concreta de la escuela?

Supongamos, como suponen los debates ya mencionados, que nuestres alumnes comen las cuatro comidas diarias. Supongamos, también, que viven en un entorno afectuoso. Supongamos, además, que tienen una vivienda digna, que su familia amorosa tiene un ingreso monetario que le permite a nuestres alumnes no pensar en urgencias que deben pensar exclusivamente los adultos. Supongamos, para variar, que en las escuelas no se caen los techos, las instalaciones de gas no explotan, las gobernadoras no nos insultan por los medios. Supongamos que hay una conexión a internet decente. Supongamos todo eso, como suponen los grandes debates que se alarman cuando las PISA “salen mal”. Supongamos.

Aún así están errando. La pregunta, tal vez, debería ser: ¿Cómo se puede alivianar la tarea docente, qué interfiere perniciosamente, más allá de todas las variables extraescolares? Tal vez deberíamos volver a la escuela a averiguar lo más básico.

Desburocraticemos la enseñanza, desburocraticemos la gestión escolar. Encontremos nuevas formas, mediadas por las tecnologías, para que supervisores, conducciones y docentes podamos pensar específicamente en la tarea para la que cobramos un salario. Es un arma de doble filo, desde ya: como sucedió en la ciudad de Buenos Aires con la Secundaria del Futuro, las reformas que se presentan pomposamente, mal implementadas, terminan por sumar más problemas a lo existente.

Quienes estamos hace bastante tiempo en la escuela hemos visto pasar gobiernos y anuncios mágicos. Nosotres, sin embargo, seguimos ahí y no solamente poco y nada de lo bueno que anunciaron sucedió: estamos peor que antes.

Simplifiquemos los registros de acreditación y promoción. Usemos las tecnologías de forma inteligente para un país periférico, profundamente desigual según cada provincia, donde seguimos con procesos decimonónicos completamente obsoletos y alienados hoy en día.

La piedra filosofal está en la escuela: se trata de simplificar las tareas extra pedagógicas de nuestro trabajo.

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The trial, Orson Welles (dir., 1962)

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