Planificación pedagógica vs. fotos y demagogia: las condiciones del retorno a la presencialidad

Por Ignacio Budano / Nuria Illán

La modificación del calendario escolar en la Ciudad de Buenos Aires  no deja de ser coherente con una constante del Ministerio de Educación: informar las novedades en primer lugar a los medios y luego a los actores del sistema educativo. Como quienes habitamos la Ciudad Autónoma somos distintos al resto del país vamos a tener un calendario escolar diferente. Suponemos también que, por usos y costumbres de determinadas usinas del sentido común, quienes cuestionemos esta decisión seremos caracterizados como personas que no entienden que la educación es una prioridad o vagos que quieren alargar las vacaciones.

Van estas observaciones para quienes sean más receptivos. 

– El comienzo de clases en los primeros días de marzo tiene una razón de ser: permite cumplir con los 180 días y garantiza cierta estabilidad para la organización de la vida familiar. Frente a la incertidumbre del contexto que nos tocó atravesar a lo largo del 2020, conceptos como organización y estabilidad no deberían ser subestimados: es difícil, o casi imposible, sostener cualquier rutina de trabajo en general, y educativa en particular, sin esas condiciones mínimas. El GCBA las tensiona permanentemente. 

– La modificación repentina y por decreto del presente ciclo lectivo y de la fecha de regreso del personal, establecida finalmente para el 8 de febrero, constituye una falta de respeto a la organización de las diferentes instituciones que, calendario en mano, definen con anticipación fechas en relación a exámenes, inscripciones y convocatorias de estudiantes y docentes: se generan muchísimas variables de incertidumbre que explotan en preguntas y miedos por WhatsApp, tanto en las escuelas públicas como las privadas. 

– Al establecer como fecha de inicio el 17 de febrero se pretende diferenciar  a la Ciudad de Buenos Aires del resto de las provincias con diez días más de clases. Veremos si en unos meses esto es utilizado como argumento de campaña. Por lo pronto, esta modificación parte de una falsa premisa: cantidad es calidad. 

Siempre es necesario poner sobre la mesa y rediscutir esta asociación generalizada que se realiza en función de la cantidad de días de clases como muestra de éxito de una política educativa en sí misma. Vale aclarar incluso que esta idea que establece una estrecha relación entre cantidad y calidad no es exclusiva del espacio que actualmente administra la Ciudad. En este sentido queremos señalar que, si bien el tiempo escolar es un factor sumamente importante, no necesariamente se asegura con esto la mejora de la calidad educativa. 

Cuando hablamos de una educación de calidad hablamos también de las condiciones en las que se desarrolla la actividad escolar. Debatir la calidad es también poner en discusión el presupuesto asignado, la infraestructura escolar, los contenidos curriculares, las tareas docentes, los objetivos y las estrategias. En definitiva, para hablar de calidad  debemos hablar de planificación y de políticas educativas. Si esta discusión no es puesta sobre la mesa solamente hablamos de agregar días al calendario. 

Es acá donde  realizamos un planteo desde la propia experiencia: esta mera suma de días puede convertirse en algo contraproducente porque, para estudiantes que estuvieron alejados  de la rutina  escolar, una extensión del ciclo lectivo puede llegar a devenir también en un desgaste anticipado. El receso invernal fue incorporado al calendario por motivos sanitarios hace poco menos de un siglo pero cumple también otra función: el descanso necesario para la asimilación de aprendizajes. En ese sentido, es muy probable que esa necesidad llegue a les estudiantes de manera anticipada: a fines de junio el cansancio, el agotamiento y la falta de atención puede ser lo que prevalezca en las escuelas porteñas.

Foto: Ignacio Sánchez

Por otro lado, la ministra afirma que, luego de un año de educación remota, esas dos semanas iniciales serán  necesarias para que les docentes realicemos un diagnóstico de los grupos que vamos a recibir. Con y sin pandemia, con extensión y sin extensión, el período de diagnóstico es parte del recorrido que realizamos todos los años porque siempre necesitamos conocer el grupo con el que vamos a trabajar para fijarnos objetivos y pensar distintas estrategias de enseñanza. 

Los argumentos en torno a la recuperación de contenidos y a la urgencia por retomar la tan anhelada vieja/nueva normalidad suponen que el próximo año escolar será totalmente presencial. Sin embargo, nada asegura que la situación que ubica a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires como área de riesgo medio vaya a modificarse en los próximos dos meses y no sabemos aún en qué condiciones comenzaremos el próximo ciclo lectivo. Lo que sí conocemos es la frustración que nos genera la idea de normalidad que pretenden instalar en esta especie de bimodalidad que actualmente estamos transitando y sobre la cual pareciera no realizarse ningún balance.

En este sentido es importante recordar que las actividades de retorno a las escuelas con las que nos encontramos en estas últimas semanas son actividades de revinculación que, de haber sido realmente pensadas y acompañadas por políticas educativas serias, debieran habernos ayudado en la reflexión sobre cómo seguir. Lamentablemente al día de hoy lo único que tenemos son declaraciones mediáticas y muchas fotos. Mientras tanto, bajo el discurso de no condicionar a las escuelas, el Ministerio arrojó protocolos y resoluciones al vacío y quienes tenemos la tarea de aportar una perspectiva pedagógica que garantice calidad en la enseñanza nos encontramos frente a un desborde de tareas: damos clases virtuales y presenciales, armamos burbujas, labramos actas sobre los insumos, tomamos la temperatura, corregimos y planificamos en todos los formatos posibles y terminamos desempeñando las tareas de un licenciado en seguridad e higiene. 

En último lugar, repetimos que no sabemos en qué condiciones se desarrollará el próximo ciclo lectivo pero, de ser desde la presencialidad, cabe preguntarse qué tipo de ventaja educativa esperan obtener en pleno verano, con clases al aire libre y abajo del rayo del sol o en aulas en las que, por razones vinculadas con el riesgo de contagio, no estarán permitidos ni siquiera los ventiladores.

Los anuncios repentinos y apresurados desnudan la falta de una planificación con estrategias y objetivos claros. No existe, en el discurso de Soledad Acuña, un solo argumento que pueda ser comprendido desde una perspectiva pedagógica. El Ministerio resuelve, anuncia en los medios y deja a las escuelas a la deriva. Ante eso, nosotres insistimos: sin estructura organizativa y sin políticas educativas no hay calendario que aguante. 


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