¿Inclusión educativa es narrar lo que uno sabe?

Hace unos días está dando vueltas la noticia de una situación que la docente Lucía Gorricho relató en su blog, y que se titula “Dijo que no sabía nada”. El episodio, que fue levantado por los principales diarios del país, narra una mesa de examen en la que una alumna que decía no saber nada para esa instancia reveló contar con saberes -y con la capacidad de expresarlos- que le sirvieron, a juicio de la docente, para acreditar la materia.

Desde Fue la pluma, creemos que vale la pena desapasionar el análisis -o sea sacarle los componentes románticos y que conmueven- para ver qué es lo que pasa en ese relato, qué deja expuesto, y qué, a nuestro juicio, es rescatable de esa experiencia pedagógica.

  1. No se puede dejar de mencionar que Gorricho cuenta una situación en que una alumna se vio reconocida por una docente. Lo más potente del relato es el vínculo que se formó. La afectividad es el carril por donde transcurre el proceso de enseñanza aprendizaje (cuando recordamos profesores de secundaria, recordamos bien a aquellos con quienes pudimos comunicarnos, y mal a aquellos que usaban sus clases como descargas de neurosis). Es lo primero, y lo más importante a destacar. Los alumnos se desempeñan mejor si confían en y respetan al docente. Eso es empiria dura.
  2. La docente tuvo la sensibilidad para demostrarle a una alumna que no estudiar no es sinónimo de “no saber”, porque todos portamos conocimiento que puede ser atravesado por las variables del análisis. Eso es lo sustancial. La piba no aprendió geografía, sino que jerarquizó saberes que por ahí la alumna no sabía que eran jerarquizables.
  3. Claramente es una situación excepcional, porque el sólo hecho de contar con saberes no implica que estén enmarcados en una forma de categorización y razonamiento -que es lo que uno debería poder aprehender y demostrar que aprehendió en el proceso educativo y, así, poder acreditarlo-. En la escuela uno debería poder adquirir herramientas para el análisis crítico de la realidad social -de todas sus esferas: artística, política, económica-, que habiliten la posibilidad de apelar a la creatividad para la resolución de problemas. Y eso, si la escuela funcionara bien, es lo que debería acreditarse. Pero no funciona bien.
  4. Las mesas de exámenes son escenarios bastante espeluznantes que no funcionan como instancia de aprendizaje (que es para lo que deberían servir: un estadío último donde se ordenan los conocimientos adquiridos y se da cuenta de ellos, lo que se suele llamar “insight” o más llanamente “caída de ficha”), de modo que lo que allí sucede está muy atravesado por el enciclopedismo y la memorización -sobre todo en el área de las ciencias sociales-. Son instancias que definitivamente hay que reformular. Darle una oportunidad “heterodoxa” a una chica con dificultades para mantener su escolaridad, de la que dependía pasar de año, en una instancia que suele ser crítica desde una perspectiva inclusiva, para mí, está bien. A modo de excepción. Pero no puede ser la regla, pues de lo contrario da igual cualquier conocimiento que un alumno pueda comunicar. Y no es así como está diseñado, ni tampoco como debería estar diseñado, el sistema educativo.
  5. Desnuda que el sistema funciona mal. La piba no pudo, en el tiempo de cursada, obtener las herramientas para jerarquizar y enmarcar sus saberes en una forma “standarizada” de conocimiento acreditable. Eso es una falencia del sistema entero, y lo que hizo la docente, más allá del relato romántico, no hizo más que dejar en claro que el sistema educativo está hecho pelota y exige una profunda reformulación.

El sistema educativo, cualquier sistema educativo, no puede sino tener ciertas pautas de standarización. Y está bien que así sea, si suponemos que es una maquinaria de construcción de conocimiento al servicio (y como derecho) de la ciudadanía. Inevitablemente hay cosas que “deberíamos saber todos”, o herramientas que todos deberíamos poder dominar por igual. Dicho de una forma más “progre”: todos deberíamos tener derecho al pensamiento crítico, a la metáfora, a la comparación cuidada, al análisis complejo, a marcos y estructuras de pensamiento que, como sociedad y a pesar de todos los cuestionamientos de la posmodernidad, aún compartimos.

El relato de esta experiencia -que no es revolucionaria, y que seguramente se parece a otros casos que hemos presenciado o escuchado- abre, sí, una serie de preguntas:

¿Cuáles son esas habilidades que todos quienes pasamos por el sistema educativo, deberíamos dominar sin distinción de clase social?

¿Cómo hacemos para crear instancias de acreditación de esas habilidades, que impliquen un proceso y un trabajo -lo que se suele llamar “un esfuerzo”- de parte de los alumnos?

¿Cómo diseñamos estrategias de construcción de conocimiento y entrenamiento de habilidades conscientes, fuera del automatismo de los peores vicios de las tradiciones educativas?

¿Qué es la inclusión educativa? ¿Acreditar cualquier tipo de conocimiento? ¿Habilitar espacios equitativos para que todos accedan a ese conocimiento? ¿Retener a  pibes y pibas en riesgo social adentro de la escuela para evitar males mayores, aún a costa de que eso signifique que no hacen nada dentro de ella (¿una mera ficción estadística?)?

¿Cómo armamos una escuela del siglo XXI para enseñar a disfrutar del conocimiento, del arte, del esfuerzo, del trabajo, de la política, a pibes y pibas que son los primeros en su familia en leer y escribir?

En definitiva, ¿qué es el conocimiento socialmente válido? ¿quién lo decide? ¿con qué objetivos?

Lo primero es asumir que el sistema educativo es un colador que hace agua por todos lados. Asumir que estamos girando en falso, por una multiplicidad de razones. Algunas tienen que ver con las direcciones políticas (y, dentro de esa categoría, algunas están muy por fuera de nuestro alcance como docentes), y otras tienen que ver con las responsabilidades de los adultos en la escuela. Algunos docentes estamos cansados de hacer diagnósticos, pero otros todavía no empezaron a mirar qué de su práctica sale bien y qué sale mal, y tienen un camino larguísimo por recorrer.

 

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12 thoughts on “¿Inclusión educativa es narrar lo que uno sabe?

  1. Estos comentarios sobre la anécdota de la profesora, me atraviesan más que el hecho en si porque ponen de manifiesto la dura realidad educativa actual, que carece de contenidos y de continente.
    Sólo estar, pasar, vivir dentro del sistema escolar no es suficiente.
    Falta lo académico que es lo que realmente hace que los alumnos progresen y adquieran valores,hábitos ,habilidades , destrezas y CONOCIMIENTOS porque el mismo domina al mundo y nos convierte en protagonistas.
    La falta de ellos nos hace participar solamente como espectadores.
    Gracias Sr Becerra. Deseo que muchas personas lean su aporte ,reflexionen y puedan actuar en consecuencia.
    Una docente jubilada

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  2. Leyendote y a su vez estudiando Educación reconozco esos problemas que constantemente aparecen en la teoría de las clases que suelo cursar.
    Es una delgada línea la situación que se da con este caso planteado. Creo que siempre deberia evaluarse como se apropia el alumno de los conceptos invitandolo a reflexionar, sucede seguido que la reflexión es poca y es mucho de memoria y ya. Entonces cuando se les pide (se nos pide) como alumnos cuesta salir de los esquemas que ya desde la secundaria se van consolidando. Creo que el cambio debe comenzar en los primeros niveles de educación y extenderse al resto, un gran impedimento es la mentalidad de algunos docentes que creen que la educación es una mera y llana transmisión de conocimiento pensado esto en el sentido más básico de emisor-receptor sin interesarle más que ser escuchados en su monólogo y que después el alumno sea capaz de repetirlo. Coincido que hay que repensar la educación, siempre hay que hacerlo y por eso me gusta mucho leer este blog. Gracias por los aportes!
    Un beso,

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  3. Valoro la perspectiva analítica de este texto. También la voluntad de la docente de rescatar los conocimientos previos de la estudiante, para no generar una nueva frustración a su trayectoria formativa. Ahora bien, me parece, que en primer lugar deberíamos conocer cuáles eran los contenidos que debían ser evaluados. Sin ese dato, cualquier comentario hace agua y juzga (o prejuzga) solo una parte de un todo complejo. Tal vez, una evaluación que ayudara a la niña a reflexionar, a asociar, o bien a establecer relaciones a partir de lo que ella sabía (articulando esos saberes con los contenidos curriculares) hubiera resultado más fructífero para poner en diálogo estas herramientas como parte del proceso de aprendizaje. La crisis educativa no es nueva, ni surgió por generación espontánea. La retención, la inclusión no pueden seguir siendo un número para sostener una matrícula que es ficticia. El punto nodal está en que los únicos perjudicados son los que deben tener el derecho a aprender. ¿Cómo hacerlo sin libro o sin carpeta? ¿Cuánto hizo la docente que dictó esa “geografía” -en el ciclo lectivo anterior- en esa previa al “cara a cara” de esta docente que debía evaluar a alguien que veía por primera vez? Gorricho puso en práctica la empatía; disimuló la acreditación de saberes o la construcción de conocimientos solicitando un relato, que por cierto es emotivo. Pero aquí hubo un doble engaño: la alumna promovió por la generosidad de la profesora y esta quedó satisfecha con la complicidad de no acatar las reglas, como muchos docentes hacen (o hemos hecho alguna vez) para que los destinatarios no sean siempre los perjudicados… Hasta que no se asuma que la educación depende de decisiones políticas y que es la base del crecimiento social, este tipo de historias seguirán replicándose en detrimento de los adultos del mañana. Entonces, no es muy difícil arriesgar cómo seguirá nuestra historia… Ni aplausos, ni medallas ni besos. Me entristece, porque las múltiples lecturas de esto encierran el entramado de realidades cada vez más paupérrimas, en todas sus aristas, pues en vez de ayudar a formar sujetos sociales con pensamiento crítico guiamos a los estudiantes a ser rehenes, condenados al fracaso…
    Claudia Suarez

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  4. Lo primero que debería hacer un sistema educativo sería eliminar esa categoría de “docente” que despersonalizó la educación en todos los niveles, poniendo a los “enseñadores” en un altar del ego y alejando tanto a los alumnos de estos que se ha perdido el respeto, la confianza y hasta la credibilidad. Deberíamos seguir teniendo “maestros” y “educadores”, como era antes, en esa época que recordamos con agrado porque muchos de aquellos maestros y educadores eran guías y ejemplo para sus alumnos.
    Después discutiremos contenidos y formas de evaluar, pero lo más importante, ahora, es que el profesor vuelva a ser educador, guía y ejemplo de valores humanos.

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  5. Digno de lectura y análisis este artículo. Se llama “pensar”, un bien escaso en estos tiempos. Yo me atrevería a profundizar un poco más, pues creo que la escuela, diseñada por las clases dominantes, ideológicamente hegemonizada por las mismas clases, tiene por objetivo encuadrar a los alumnos para someterlos dentro del mismo esquema de dominación. Es decir, para que reproduzcan ideológicamente el sistema. Por eso, poco importa que esta niña boliviana sepa o no geografía, sino que debería escandalizar la situación de explotación que viven ella, su familia y la mayoría de los inmigrantes bolivianos. La escuela, por más esfuerzos que se hagan, no tiene solución en este marco de exclusión económica, explotación y tremendas desigualdades. Pensemos en nuestra propia historia y la historia de la educación en Argentina. ¿La elogiada “Generación del ’80” y el “Granero del mundo”, cuando el país estaba bien económicamente, nos dieron una escuela de inclusión y excelencia? ¿Alguna vez tuvimos una escuela como la que queremos? La razón de no tener nunca una escuela de excelencia y para todos ¿es culpa de la escuela? ¿Qué podemos esperar de la escuela en un país cuyos presidentes son los que han sido en los últimos cincuenta años? Responderse con lucidez y valentía estas preguntas puede ayudarnos mucho, pero mientras la sociedad argentina no se atreva a representarse otro porvenir que el de reemplazar a Menem por De la Rúa, a De la Rúa por Kirchner, a Kirchner por Macri, estaremos repitiendo estas mismas lamentaciones acerca de la consecuencia (el estado de la escuela) en lugar de atacar las causas: un muy injusto régimen de propiedad que sólo genera explotación, desigualdades y enormes fortunas para los propietarios.

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  6. Igualmente el supuesto de que la piba no aprendió nada en la cursada no tiene mucha referencia en el relato de la docente. Todos los estudiantes sabemos que después de algunos meses se pierde la “estandarización” de la manera en que se lo aprendió, pero quedan huellas, criterios para pensar la realidad, etc. La piba describe con bastante detalle una actividad económica, teniendo en cuenta elementos muy importantes, como varios actores, remuneración, división del trabajo, etc. Hace algo similar cuando describe Bolivia.. El contenido no me parece que desafíe mucho el conocimiento escolar válido o validado.. Quizás sí el modo de expresión, su redacción, que igualmente parece una cuestión de estilo, y puede estar bueno si uno apela a la expresión personal.

    La forma en que el docente pregunta en cualquier momento, sea de evaluación o no, es crucial para que el pibe evoque o no lo que aprendió. Es cierto que la educación, o mejor la enseñanza requiere cierto grado de standarización, pero es imposible, o poco útil, pensar lo mismo del aprendizaje, mucho más después de pasado el tiempo. Los pibes incorporan las lógicas y las funden en sus esquemas.

    En fin, no se si es revolucionario o no. Es cierto que es una práctica habitual, que los docentes apelamos a los saberes de los chicos. Los ponemos sobre la mesa encuadrándolos en disciplinas y campos de conocimiento determinados para seguir construyendo sobre eso. La buena nueva es más bien la socialización del relato por parte de la docente.

    Comparto que promover a los pibes sin que hayan aprendido lo necesario no es inclusión educativa, y sucede, mucho, cuando los pibes balbucean palabras, y uno los ayuda a adivinar.
    Pero la verdad que el caso me parece justo y pertinente, y a la legua se ve que la piba es incluso una buena estudiante, con altísima fe en la educación. Y en ese sentido ni siquiera devela la crisis institucional, que sí se refleja en otros sectores..

    Igualmente me alegra que alguien abra el debate y el espacio para no quedarnos con la mera emotividad. Saludos!

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  7. Por otro lado acuerdo con Camilo en que lo que debería llamar la atención del texto es la explotación de los chicos y sus familias, desigualdad extrema, necesidades insatisfechas, etc, etc, etc Revela mucho más la crisis del sistema económico que del educativo. El problema de la emotividad del relato está ahí. A eso que apuntan La Nación, Clarín y demás.
    Pero bue. Sí es importante que la piba estudie geografía para plasmar su propia actividad productiva de esa manera y tomarla por objeto de pensamiento y conocimiento… Abrazo y a seguir pensando!

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  8. De todo este relato solo quiero decir, que tanto como el que escribió sobre la anécdota de la maestra, como algunas de las personas que opinaron, referirse a LA NIÑA como LA PIBA, demuestra que sin dudas hay serios problemas de educación o aprendizaje,

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  9. Gracias a todos y a todas por comentar, desde sus lugares, aspectos que enriquecen el análisis que intenté hacer sobre el tema: el rol de los saberes, los contenidos, las acreditaciones, las estrategias didácticas, el papel del docente y los entrecruzamientos de clase (las lecturas marxistas inevitablemente mejoran los análisis, no hay con qué darle). Los disgustos semánticos, a su vez, corren por cuenta de los lectores y no pienso hacerme cargo de que me imputen deficiencias de aprendizaje.

    Sería genial que el post siga circulando para incluir más miradas y complejizaciones como las que se tomaron el tiempo para hacer llegar. ¡Muchas gracias!

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  10. Muy interesante perspectiva se abrió -tanto de la experiencia relatada por la profesora como del análisis de este posteo- para reflexionar acerca del derecho social a la educación para los sectores vulnerables y vulnerados de nuestra sociedad. Coincido con Jerónimo que la actitud narrativa es de gran valor por parte de la profesora, ya que es una exigencia básica de la práctica reflexiva. Esta triple dinámica de acción-reflexión-accion debería ser sistematizada cada año dando cuenta de los saberes aprendidos en la misma situación de trabajo por nosotros los docentes, y tomar así las riendas de la producción de conocimientos situados que aún queda en manos de investigadores externos y cuya palabra está legitimada por ser “científica”.
    También esto devela que falta un largo camino para legitimar la palabra del educador y entender que exponer experiencias y sentirpensares no debe ser una vidriera para la crítica y si para la profundizacion de miradas comprensivas hacia las múltiples realidades socio-educativas que atraviesan a las escuelas.

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  11. Y aquí llegué a este análisis, casi de casualidad -y a través de una red social- a leer el relato que había escuchado mencionar a alguien a lo lejos. Y a pensarlo.

    Acuerdo plenamente con la intención de “des-romantizar”. Hay una inclinación en el área de educación a ofrecer discursos apasionados que se sostienen sobre un ideal de escuela que parece nunca llegar. No digo que estemos en nuestro mejor momento tampoco, lejos estamos. Siempre lo estaremos. La escuela, hoy, como dispositivo, se asemeja a un cubo que entra a la fuerza dentro de triángulo.

    Y sí, acuerdo plenamente con las fallas que tiene el sistema. Estamos frente a una institución pensada para que funcione dentro de otros paradigmas, de acuerdo a lógicas muy distantes de la mirada que vuelve a la práctica como social y entiende la particularidad de los contextos y actores que participan de ella.

    Sí, es una situación excepcional. Sí, hubo una intención de enseñanza, y de legitimar otros saberes, que no sabemos cuán explicitada fue. Tampoco sabremos si hubo algún aprendizaje.

    Pero también, toca hacernos cargo como docentes. Podemos -y debemos- cuestionar las políticas educativas, aquello que nos atraviesa como sociedad, maneras de llevarlo al aula. Podemos discursear. Pero también podemos mirar al que tenemos al lado, trabajando a la par. Los que estamos pensando qué pasa, estamos acá, debatiendo. Hay muchos otros que no. Que no cuestionan, que no reflexionan, que no se capacitan, que no hablan, que no se acercan. Hay muchos que aman los relatos románticos, y luego vuelven a aula a replicar, al infinito, viejas tradiciones de enseñanza. Los que no revisan sus discursos ni miran afuera de su libro de texto.

    Entender lo que nos atraviesa a cada uno de nosotros -docentes y alumnos, nuestro contexto; así como repensar cómo entendemos a la enseñanza y al aprendizaje, es una responsabilidad. Es parte de la tarea docente. Está quién lo hace y quién no. Y es hora también, de codearnos entre nosotros. No desde el viejo sentido de docente como “guía y transmisor que deja su vida en el aula”, sino como mediador, como facilitador de herramientas que genere en el aula instancias en las que se pueda acompañar a los alumnos en el desarrollo del pensamiento crítico. No es un discurso vacío. Se puede hacer. Se ha discutido. A niveles macro, y a niveles micro. Los pibes son pibes. Con sus particularidades, pero todos con el mismo derecho. No se trata de que ella sea boliviana, se trata de que alguien se despierte un poco, y pregunte, bien fuerte, “Che, ¿qué pasa? ¿Qué pasa con esta alumna, quién estuvo a cargo de este espacio, qué es lo que se trabajó, cómo, y por qué esta chica hoy tiene que sentarse acá a decirme que no sabe nada? ¿Quiénes son responsables por acompañarla en el trayecto y qué herramientas se le ofrecieron para hacerlo?”

    Por supuesto que la alumna tiene saberes, y por supuesto que valen. Pero se construye a partir de eso, porque la función de la escuela es otra. Qué va más allá de si tiene una carpeta. Por que desde el aula se puede hacer muchísimo. Hay que parar con la lástima, el discurso que supone incluir mientras señala lo diferente, el patético comentario del director avisando “que el nivel acádemico no es bueno”. ¿Desde qué lugar, comparado con qué?

    Podemos y debemos discutir políticas. Pero, ¿y los qué ya estamos ahí adentro? Los que nos cruzamos todos los días, los que nos juntamos en las jornadas, ¿qué estamos haciendo? ¿Nos ayudamos a pensar? ¿O estamos esperando al siguiente discurso apasionado para volver a quejarnos de los males de la educación?

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  12. Manuel, Hola! Como te comenté en su momento en Twitter trabajamos (con gran éxito) esta entrada (junto con la entrada original del Blog de la maestra) con los voluntari@s de nuestro equipo y ahora queremos retomarlo desde otros lugares y me preguntaba si tenés alguna bibliografía específica que nos recomiendes para tener un marco teórico más amplio a la hora de seguir discutiendo estas cuestiones… Muchas gracias!!! Abrazo!!! Pablo

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