El arte de reprimir (docentes)

El espectro que oprime

Hay un hilo conductor, una mano invisible, que emparenta los esquemas posmodernos de la Alianza Cambiemos con el fascismo puro y duro. La barrera del filtro levantada a las vociferaciones destiladas en una alquimia de cálculo e instintividad banal –la lectura del Holocausto y de la vida trunca de Ana Frank como un problema de las dirigencias europeas de Bullrich; la bizantina y malintencionada discusión algebraica del número de los desaparecidos planteada desde un gobierno financiado, en buena parte, por los triunfadores económicos de la última dictadura militar– tienen un mensaje subyacente: no importa el qué dirán. No importa si los genocidios, esas grandes tragedias humanas fueron retraducidas a un lenguaje jurídico universal para marcar una línea roja que no debe cruzarse. No importa si esos códigos son una lingua franca diplomática y si la gestión argentina de las violaciones a los derechos humanos son un parteaguas en la historia de la Humanidad. Nothing else matters, dice la canción de Metallica: no importa lo que piensa el otro. Hay que autoafirmarse como a uno más le plazca, aunque eso sea considerado una falta más o menos grave para un consenso que costó sangre y lágrimas. Nadie debe condicionar esa autoafirmación de hombre común para tramitar un forzado parentesco con un remisero del conurbano, con un albañil de la villa a quien los transas le han arrebatado el futuro de su hijo. No importa la investidura presidencial y la herencia de un sistema democrático tan defectuoso como cargado de algunos mandatos e identidades ineludibles para la máquina de hacer chorizos de humo marca Jaime Durán Barba.

En la posmodernidad sólo vale realizarse uno mismo, a costa de las “envidias” y nudos atados por personas que no nos quieren. Esa gente malintencionada pueden ser señoras de la peluquería o, más concretamente, aquellos sujetos a los que este gobierno que diseña un relato fundado en decir lo primero que le viene en mente –e invierte millones para aceitar ese mecanismo, por paradójico que suene– señaló como sus adversarios. Ahí están: piqueteros, docentes, trabajadores en general; mujeres, niños en un comedero o una murga, cocineras embarazadas tosiendo gas pimienta; sindicalistas gordos de tanto morfarse las contribuciones salariales de sus afiliados. Ahí está el Otro que Cambiemos se construye: el asalariado que transita la cornisa fratacheada con el resbaloso cemento de la línea de pobreza. Y también el Nosotros: la Argentina blanca, que se autopercibe independiente de toda contribución estatal, sindical, de clase, y que sólo afirma su identidad en un presunto esfuerzo personal ajeno a todo contexto social, a toda historia colectiva. De parte de un heredero crónico como Mauricio Macri y su elenco de CEOs procedentes, muchas veces, de las familias tradicionales del país, esa construcción identitaria es al menos risible.

Los discursos presidenciales y de los cuadros del gobierno están plagados de provocaciones a algo que podríamos definir como “el sentido común progre”: apuntan a donde sabe que a cierto sector ilustrado de la pequeño burguesía de izquierda le duele. Por eso el ábaco contando desaparecidos y la banalización del genocidio. Por eso las microrenuncias a la soberanía sobre las Islas Malvinas. Por eso la dulce luna de miel –eterna en nuestro empresariado– con el modelo estadounidense. El Otro es el “progre”, el que se preocupa por lo simbólico, el sobreideologizado, el que ha leído demasiado. Sutilmente, se horadan los símbolos y los consensos de nuestra democracia; con paciencia de ebanista, de desbastan los hitos que marcaron las conquistas de los derechos sociales; con la impetuosidad del poder, se van corriendo las fronteras de lo aceptable en torno a la represión estatal y la explotación laboral. Como si lo hubieran calculado, se descalifica el conocimiento fundamentado: a los científicos del CONICET, a los docentes.

La posmodernidad ha domesticado al fascismo, le ha hecho ganar elecciones y la logrado constituir un núcleo duro de subjetividades-oxímoron que dicen defender la República justificando la represión estatal al Otro, buscando kirchneristas o trotskistas en ámbitos laborales, educativos, estatales. El macartismo siglo XXI viene con la sonrisa socarrona de Nicolás Wiñazki, pero también con el exabrupto que lanza María Eugenia Vidal mientras se le cae a pedazos el maquillaje, y la máscara de Heidi desnuda a Margaret Thatcher (todo aspiracional, naturalmente. Argentina no es ni los Alpes ni Gran Bretaña).

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Imagen de “Amarcord” (1973), película de Federico Fellini

La nostalgia de los aviones tirando bombas al mediodía un día de semana sobre Plaza de Mayo son las aguas servidas que traccionan la energía discursiva de un gobierno que prometió cuidar a los docentes y protegerlos de quienes nos agreden. La nueva máscara del fascismo dormido argentino –racista, clasista, genocida– es un discurso del entusiasmo, el emprendedorismo, el cambio: significantes vacíos imposibles de llenar satisfactoriamente para todos.

Como planteó Martín Becerra y reafirmó Martín Rodríguez: cada gobierno elige su adversario, su otro, su obstáculo a vencer. Eso dice, muchas veces, más de su proyecto político que sus acciones positivas. Alfonsín y las Fuerzas Armadas, Carlos Menem y (los restos de) el Estado de bienestar, el kirchnerismo y los ancianos genocidas primero, y “el campo” y el diario Clarín después.

Macri y los docentes.

La ley primera

Anoche, domingo de lluvia, un grupo de docentes encabezados por Sonia Alesso, secretaria general de CTERA, Roberto Baradel, titular de SUTEBA y Eduardo López de UTE intentaron avanzar con el armado de una estructura de andamios en el marco del conflicto docente. Como gremio, y como analizamos en estos meses en este blog, se nos demandó el uso de estrategias creativas de protesta: el paro estaba desgastando a los mismos afiliados y generando rechazo social. Pues bien: ahí estaba la Escuela Itinerante, para recorrer los principales centros urbanos del país y contarle a la gente cuáles son nuestros reclamos. Formas creativas, levantamiento del paro. Las condiciones que demandó parte de la ciudadanía y que los principales sindicatos acordaron aceptar.

Pero reprimió la policía. Intervino con gas pimienta, golpes y tirones contra el par de decenas de docentes que se encontraban allí: una treintena de tortugas de infantería, desmemoriados de sus días escolares, avanzaron con sus escudos y palos –sus códigos para el diálogo y el consenso de sus jefes–, para el desalojo. La pregunta que se impone es: ¿Por qué había que desalojar?

El recurso de muchos intelectuales orgánicos, periodistas militantes, trolls y lisos y llanos idiotas útiles fue que “la carpa” no estaba autorizada. ¿Autorizada por quién? ¿Por qué? ¿En función de qué ley? La policía reprimió una protesta pacífica de personas que no portaban armas ni tenían un comportamiento delictivo. No había cortes de calles, ni capuchas, ni palos –en caso de que esto último fuera condenable–. No había disturbios. ¿Qué se reprimió?

El Código Contravencional de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, regula en su artículo 78 la obstrucción de la vía pública y dice:

“Quien impide u obstaculiza la circulación de vehículos por la vía pública o espacios públicos, es sancionado/a con uno (1) a cinco (5) días de trabajo de utilidad pública o multa de doscientos ($ 200) a un mil ($ 1.000) pesos. El ejercicio regular de los derechos constitucionales no constituye contravención. A tal fin deberá, con razonable anticipación, darse aviso a la autoridad competente, debiendo respetarse las indicaciones de ésta, si las hubiere, respecto al ordenamiento.”

Reiteramos: “el ejercicio regular de los derechos constitucionales no constituye contravención”. Se menciona un aviso a la autoridad competente –que es bien diferente que un pedido de permiso–, y en caso de que ésta las dé, respetar las indicaciones acerca del orden necesario. No queda claro que se haya dado preaviso, aunque así lo manifestó el Defensor del Pueblo de la Ciudad, Alejandro Amor, bajo la lluvia. De esta manera, tenemos una norma local –de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires– que dice específicamente que el ejercicio de los derechos constitucionales en el espacio público no implica una infracción al código. ¿Cuáles son los derechos constitucionales que concurren en este caso?

El artículo 14 garantiza varias potestades, entre ellas el derecho a peticionar a las autoridades, esto es, a reclamar por la garantía, precisamente, de derechos vulnerados. En este caso, a lo largo del conflicto docente podemos encontrar una miríada de vulneraciones, empezando por la Ley de Educación Nacional al producirse el vaciamiento del Ministerio de Educación de la Nación a principios de febrero, y la negativa del Estado nacional de convocar a la mesa de negociaciones paritaria prevista en la Ley de Financiamiento Educativo y el decreto 457/2007 (sobre esto hay incluso un fallo judicial). De ahí, pasando por la descalificación sistemática a nuestro trabajo por parte del propio gobierno y las peores cloacas de los medios de comunicación masiva. Motivos de petición a las autoridades sobran. Resumiendo: el Código Contravencional regula el uso del espacio público a nivel local, explicitando que el ejercicio de los derechos constitucionales está avalado por el código, y menciona un requisito minúsculo de aviso –reiteramos: no de pedido de permiso, pues una extensa doctrina y jurisprudencia local e internacional indican que la protesta pública no puede estar sujeta a permisos del Estado–. Si eso fue lo que no se cumplió –supongámoslo así– ¿la respuesta era el gas pimienta y los palos a un pequeño grupo de ciudadanos desarmados? Cualquier persona sabe que la Constitución Nacional está por encima de todas las leyes restantes. Si no había disturbios, ni presunción de delito, ni obstrucción concreta de la vía pública (¿Era una obstrucción de cuántos metros cuadrados? ¿50? ¿100? ¿Un domingo a la noche en la Plaza de los Dos Congresos?), ¿Cuál es el argumento para semejante represión?

Las fuerzas de seguridad no pueden responder de cualquier manera, incluso ante la presunción de un delito. El uso de la fuerza siempre debe ser acorde, proporcionado y razonable. Pegarle tres tiros a un tipo que hurta un celular en el subte es ilegal. Sólo se puede ejercer violencia como ultima ratio, y en caso de que la agresión del delincuente represente una amenaza concreta a la integridad física del agente de seguridad o de un tercero. ¿Qué estaban haciendo los docentes? ¿O estaban amenazando la integridad ideológica de ese Nosotros que, a fuerza de tweets automatizados, posteos de Facebook preparados por community managers con secundario incompleto, un ejército de trolls y algunos cuadros que mastican Mussolini, Rojas y Ayn Rand para regurgitar Durán Barba y Alejandro Rozitchner, va construyendo el macrismo ?

Fulbito con granadas

La demagogia punitiva es un recurso clásico de la política de los últimos años, a nivel local e internacional. Puede resultar útil hasta un punto, pero no se ha mostrado muy sustentable en el mediano y largo plazo como para sostener sobre ella un proyecto político. Esa demagogia punitiva lleva al gobierno macrista a reprimir salvajemente una protesta minúscula en base a una norma local que preserva el derecho a la protesta, pero a no reprimir marchas multitudinarias que trastornan mucho más la dinámica cotidiana del tránsito. Tal vez no se trate de la represión y aplicación de un protocolo antipiquetes que en rigor no está en vigencia, sino en elegir blancos bien claros, bien significativos para la construcción de esos Otros y Nosotros: los trabajadores –la izquierda, un peronismo fantasmagórico– en general, los docentes en particular. Una represión de la Marcha Federal Docente a la que asistieron 400.000 personas hubiera terminado en una masacre y tal vez en el hartazgo, dentro de las mismas fuerzas de seguridad, de ser el lubricante de estos engranajes para el acto represivo cambiemita.

Lo sucedido anoche reviste enorme gravedad. La Alianza Cambiemos y sus voceros mediáticos –mineros de la miseria humana– alcanzaron la victoria, entre otras cosas, presentando a la caótica Venezuela como segura distopía de la continuidad del oficialismo kirchnerista. Sin embargo, hacen uso de un macartismo desembozado, reprimen a opositores de forma selectiva –más de acuerdo a un libreto que golpea sobre los símbolos que en función de una ejecución rigurosa de la ley–, violan las leyes y recusan a los jueces que fallan de forma desfavorable. Tienen un discurso alineado en el gran porcentaje de los grandes medios de comunicación por los que es imposible filtrar una voz crítica.

En esa profundización de la grieta, en el caldo primigenio de ese fascismo disfrazado de funcionario fitness con bicicleta plegable, se crían los resentimientos del pasado reciente reconvertidos que surfean sobre monstruosas olas de soberbia, revanchismo y ceguera política. Allí crecen las euforias tan características del funcionariado hoy en día. El error es creerse eternos. Si algo enseña la Historia a quienes intentamos descifrarla es que todo lo que sube baja. Que todo es temporal, que los proyectos políticos por más sólidos que parezcan se desgastan, cometen errores, se van armando su propia jaula de poder que los separa de lo real. Macri, Bullrich, Vidal pasarán. Como pasaron los Kirchner. Como pasó Menem, como pasó la dictadura. Como pasaron Perón, Yrigoyen. Rosas. Napoleón.

Todos pasarán y nosotros, los docentes, seguiremos en las aulas deconstruyendo los sentidos comunes con los que se trata de engañar a los pibes, para que crezcan dudando, siendo mejores personas, haciendo respetar sus derechos. Cuando los hoy eufóricos macartistas de este gobierno se hayan transformado en parias, seguiremos haciendo lo que hacemos ahora: educar para el respeto de los derechos.

Porque nadie se olvida de lo que aprende.

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