Zurcir lo colectivo: escuela y emancipación en el siglo XXI

“¡Patria sí, colonia no!” gritaban no pocos compañeros en una de las últimas manifestaciones docentes en la Ciudad de Buenos Aires, de exigua y dividida asistencia. La consigna anunciaba una nostalgia que suele aparecer de forma repetitiva, de un tiempo en el que la izquierda estaba gobernada por la Teoría de la Dependencia y la transformación revolucionaria de la sociedad estaba a la vuelta de la esquina. Corría principios de la década de 1970.

Entre la utopía camporista y la actualidad, le déluge: quienes proclamaban esas consignas tuvieron que meter violín en bolsa, o fueron ferozmente aniquilados por la noche del Estado terrorista. Y quienes fueron sus verdugos emergieron de ese proceso más robustos no sólo por haber exterminado a la “subversión”, sino además porque lograron imponer un cambio cultural basado en el desgarramiento de los lazos de solidaridad. Pero más aún, su victoria consistió en configurar un modelo socioeconómico excluyente, cuyas secuelas no hemos podido remontar. Entonces, la pauperización brutal, la clausura de un modelo económico basado en la producción, el endeudamiento asfixiante que estalló en 2001 y cuyas esquirlas eran ni más ni menos que pibes desnutridos. El kirchnerismo, montado en el boom de la soja y políticas redistributivas, amplió la presencia del Estado y logró reactivar la economía, pero a la luz de los acontecimientos esos avances resultaron ser fácilmente reversibles.

Un diagnóstico histórico-político (no tan) pesimista

Para la misma época en que la Guerra Fría producía consignas antiimperialistas en nuestro Tercer Mundo, aparecían los cuestionamientos acerca del rol de la educación. Reconocido por Althusser como uno de los aparatos ideológicos del Estado, varios autores salieron rápidamente a imputarle la reproducción del orden social capitalista, no sin una fuerte base de realidad. Pero como toda agencia estatal multitudinaria, existían intersticios en los que podían desarrollarse acciones antisistema, para convertir el látigo disciplinador de la burguesía en el martillo liberador del proletariado. Así, una buena cantidad de maestros y teóricos intentaron hallar el talón de Aquiles de la escuela para desde allí volverla en contra de la clase dominante. El brasilero Paulo Freire fue uno de los docentes embanderados en esta corriente. Educar podría entonces servir para crear estados de consciencia que promovieran la lucha de clases, para ponerle un fin definitivo a la explotación del hombre por el hombre.

Pues bien, nada de esto sucedió.

Luego de la derrota definitiva de los movimientos revolucionarios, sumada la caída del Muro de Berlín y la URSS, el campo de la izquierda debe repensarse. ¿Cómo repensar la escuela, y sus posibilidades emancipadoras, en el siglo XXI? La revolución no parece un horizonte cercano. No obstante, esto es un juego de tácticas, estrategias y apuestas a largo plazo. Pero quien escribe, docente de la escuela pública, ve cómo el capitalismo más barbárico fuma en las estaciones de servicio de la pobreza, tentado de apagarse el pucho con un chorro de nafta. En términos concretos: cómo las alumnas, los alumnos y los docentes son sometidos cada vez a una mayor alienación, a condiciones de trabajo y vida más precarias, al abandono explícito del Estado por medio de políticas que se venden progresistas pero que esconden un liso y llano vaciamiento.

Zurcir lo colectivo

Si miramos con atención las tendencias de la posmodernidad, a vuelo de pájaro, podemos ver: un elogio del individualismo que tiene a la ficción meritocrática como idea-fuerza; un sistema de relaciones interpersonales y políticas cada vez más mediadas por las redes sociales, que exacerban la violencia pero también permiten la codificación del afecto y la construcción, aunque fundamentalmente aísla los cuerpos, las miradas, las voces, las temperaturas; un crecimiento de la circulación de información e invisibilización del conocimiento, que sólo transcurre detrás de las cortinas de humo de mensajes cada vez más simples e impactantes, a combustión de likes; que la dinámica de la política profesional se envuelve en esos humos simplificadores, separándola de los problemas, de los barrios, del diálogo real.

Cada uno de estos elementos –se podrían sumar muchísimos más, seguramente mucho mejor expuestos por autores que verdaderamente vale la pena leer– tiene su correlato en la escuela, en los alumnos, en cómo se configuran sus discursos que combinan insatisfacción por el lugar que les tocó como niños y adolescentes con frivolidad, con la defensa a rajatabla de prejuicios excluyentes y culpabilización de la víctima (elija de qué: de un femicidio, de vivir en la miseria, de no tener más opción que salir de caño, de cobrar un sueldo miserable).

Es fundamentalmente ante este diagnóstico, tan diferente de la cresta de la ola revolucionaria de Cordobazos, Mayos Franceses, Che Guevaras y Vietnams de hace 40-50 años, que tenemos, si así lo queremos, que reflexionar acerca de la potencialidad emancipadora de la escuela hoy.

Nuestra tarea es desarmar discursos excluyentes, acompañar a niños y adolescentes sin demasiados referentes de adultos responsables, incluso en sus hogares –el que no está solo en el mundo, vive en una familia donde se repiten los mantras de “negros de mierda”–. Nuestra tarea es que debatan ideas entre sí, coordinar un camino entre el caos de la sobreinformación simplona, para construir conocimiento profundo. Nuestra tarea es reconstruir la piedad, la solidaridad, la empatía con capacidad crítica sobre el origen histórico de nuestros defectos y nuestras virtudes. Nuestra tarea es promover la paciencia, para con ellos mismos y para con los demás, para dejarlos hablar, para promover un diálogo real, significativo, transformador. Nuestra tarea es que tengan las herramientas para defender sus ideas respetuosa pero apasionadamente, y que sus difusas expectativas contemplen al otro como un par, como un semejante más o menos privilegiado que uno.

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Albert Anker, “El paseo de la escuela dominical” (1872)

Nuestra tarea es identificar que todos somos cómplices de las injusticias, pero también podemos hacerlas retroceder.

¿Cómo se hace esto en el aula, concretamente? Promoviendo actividades de debate entre los alumnos, y pidiendo el registro escrito de ese debate; promoviendo que construyan juntos, que creen juntos; marcando los límites de los discursos excluyentes cuando son eructados por las bocas de los alumnos; analizando lo que los rodea críticamente, trabajando sus orígenes sociales, remarcando que cada decisión que tomamos la tomamos porque así nos fue indicado por una enorme cantidad de factores, y no porque somos libres. Porque la libertad, hoy, es una utopía. Construyamos utopías.

El escenario posmoderno nos pone muchos obstáculos para la revolución socialista tal como más o menos nos la imaginamos. Lo que está claro es que lograr tan sólo un par de las metas nombradas antes se convierte en un hecho disruptivo, y quienes somos docentes lo sabemos bien. Entonces, tal vez la hora, la etapa de nuestra revolución es que en las aulas de las escuelas públicas, esos espacios tan librados a su propia suerte por una clase dirigente que se endulza los oídos con coachings vacíos, se reconstruyan los vínculos colectivos.

Construir vínculos colectivos, debates respetuosos, miradas a los ojos es de por sí una acción profundamente política en este escenario de devastación posmoderna. Esto no es negar la coyuntura histórica, sino pensar en la potencialidad que tendrían algunas herramientas del siglo XXI si lográramos construir alternativas políticas colectivas que superen la “indignación” a la europea o la árabe, que sólo trajeron más devastación. Superar la indignación, pasar a la construcción. Que las primaveras se transformen en veranos calientes al rojo vivo.

A la luz de políticas públicas de endeudamiento externo compulsivo –y explosivo– y un retiro del Estado envuelto en frases-punch, aportar herramientas que promuevan los lazos solidarios colectivos puede funcionar, para nuestros alumnos, como una llave maestra que les permita forzar los cofres de la multiplicación y el reclamo social de derechos.

Pues de eso se trata: de saber reclamar, a quién reclamar, para ser más felices.

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