La escuela no enseña a odiar

Publicado el 31 de octubre de 2019 en Revista Anfibia

Pudo ser un mal día: uno entra al aula con la vida a cuestas, como cualquier persona a su trabajo. Lo que pone a la docencia en un lugar diferencial es que trabajamos con otros, con otras. Que son niños, niñas y adolescentes, que están creciendo. Que pasan por edades donde transitan, a grandes rasgos, experiencias y conductas relativamente similares, dentro de un amplio arco de opciones. Y que también entran al aula con sus vidas a cuestas. En ese lugar de encuentro de decenas de subjetividades que es el aula puede una pasar infinita cantidad de cosas, según cómo se combinen esas subjetividades.

Hace unos días, dos alumnos le apuntaron con un arma ¿real? ¿de juguete? a un docente en una escuela privada del conurbano bonaerense. El docente nunca se dio cuenta porque estaba concentrado copiando el pizarrón –¿cuántas veces hicimos esto? Incontables–. Se enteró cuando los alumnos pusieron las imágenes a circular por las redes sociales.

Y la prensa estalló. Y, en el acto, dinamitó las posibilidades de hacer un buen trabajo de contención pedagógica sobre lo ocurrido, si acaso existían.

***

La escuela es un artefacto obsoleto, un adefesio de la modernidad que, como los otros tres –el hospital y la cárcel, el Estado en definitiva–, sigue siendo irremplazable a pesar de que a esta altura nadie sabe muy bien cuál es su función. Nació como reproductora y ampliadora del orden social liberal capitalista, se pensó necesaria para el desarrollo económico del país, fue denunciada por reproductora de la desigualdad, se le atribuyeron poderes liberadores, subversivos y revolucionarios. Pesan sobre ella los deberes de formar una niñez y adolescencia sensible e integral, pero también formar en valores morales, pero también formar mano de obra “para trabajos que no existen” –la última mentira de la moda educativa–, pero también patriotismo, pero también pero también pero también. Todas las cabriolas que pegó la escuela en los últimos ciento treinta años la dejaron un poco en este lugar: mucho mandato pero garrafas que explotan. Aunque empiezan a surgir algunas interpretaciones interesantes: que la escuela sea el lugar donde las niñas, niños y adolescentes se refugien por un rato de un mundo hostil.

Me llaman de un diario, de una radio, de un portal para opinar sobre el tema. Me quieren poner a mí, también, en el lugar de diseccionador del cadáver de una escena escolar desafortunada.

Me corro de ahí y me pregunto: ¿Qué pasa con las violencias escolares y los medios masivos de comunicación? ¿Se puede aportar algo que no sea condenar a los chicos, al docente, a la escuela, a los padres? Veamos.

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Imagen: Revista Anfibia

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