Historizar para entender: algunos vicios de la escuela secundaria

Genealogía y formato

En Argentina, la secundaria se configuró para educar a las élites dominantes a principios de siglo XX. A diferencia del formato inclusivo de la primaria, estructurada alrededor de la Ley 1420 –obligatoria y gratuita– el nivel medio se pensó excluyente. Los Colegios Nacionales están recortados con ese patrón.

El contexto era un país donde no prácticamente no había institutos de formación docente de nivel medio, de modo que las vacantes su cubrían con profesionales universitarios, en una época en que, además, la oferta académica universitaria no era para nada diversa. Así, arquitectos, médicos, abogados e ingenieros cubrieron la gran mayoría de las asignaturas de la secundaria. El resultado de esa combinación fue un vínculo docente-alumno atravesado por la ausencia de reflexión pedagógico-didáctica, viciado de una hiperexigencia y una idea de profesionalismo sólo atada a lo disciplinar, y no a los problemas y variables de la trasposición didáctica. El alumno estaba siendo formado para conducir los destinos del país, pertenecía a una familia que le proporcionaba condiciones más que suficientes para desarrollar su tarea sin contratiempos: próspera situación económica y un ambiente intelectualmente estimulante. De manera que el docente, un reputado profesional universitario, no tenía ninguna necesidad de atender a las preocupaciones y angustias de sus alumnos, ni de realizar una delicada tarea de articular el conocimiento erudito con la estructura psicoemocional de un adolescente.

Tirar del ovillo

Yo sospecho que la autopercepción -extendida- de que el docente de media es un “especialista” viene de ahí. Quienes hemos recorrido los vericuetos de la carrera docente conocemos ya sus lugares comunes, sus espacios de queja confortable, el ovillo de prejuicios que se despliegan cuando los docentes entran en un diálogo semi privado, a espaldas de los alumnos y las autoridades. Uno de ellos es la frase “Qué me vas a venir a enseñar vos a mí, si soy yo el que está con los pibes y tengo una maestría en…” Aparece en ese reclamo una carencia de autocrítica, de reconocimiento de la capacidad o aunque sea voluntad del otro, de escucha. Y si se produce un señalamiento que corre al docente de ese lugar confortable y –muchas veces– autocompadeciente, puede aparecer otro clásico: “a mí no me formaron para esto”. A veces el docente secundario pasa de indignarse por ser tratado de ignorante a exigir ser tratado como una tábula rasa sin solución de continuidad. Se pretende que el Estado o sus capacitadores nos provean de todas las herramientas necesarias, pues no las poseemos, pero no me vengas a decir que no sé lo que hago, porque lo sé perfectamente. Pero el problema de los docentes en situación de capacitación en servicio en otra historia.

La secundaria desregulada

La cuestión de que esa autopercepción altísima y la correspondencia del alumno a ella se mantuvo estable hasta el neoliberalismo.

Cuando los excluidos -no la clase media baja: los excluidos- entraron a la escuela, ese status quo se hizo añicos: el nivel no estaba preparado para la entrada de chicas y chicos habitantes y transitadores de la más extrema pobreza: material, afectiva, intelectual. Comenzaban a llegar en cuentagotas, penetrando las resistencias institucionales, durante la década del 90, y masivamente a partir de la descomunal crisis de 2001-2002, cuando la escuela era uno de los únicos ámbitos donde el Estado todavía, a pesar de la devastación, permanecía relativamente en pie. Esa “inclusión de hecho” –cuya puerta se había entreabierto con el levantamiento de los exámenes de ingreso y la transformación en mixtas de todas las escuelas del Estado en la década del 80–  quedó consagrada legalmente de manera definitivaobras-completas-de-jose-manuel-estrada-47184-21051-MLA20203431845_112014-F en 2006.

La secundaria pública del siglo XXI demanda no sólo la actualización disciplinar –presunta bandera tradicional del nivel medio–, sino también  pensar pedagogía, didáctica, protocolos de emergencia, ubicando como eje central los derechos de los alumnos. La docencia secundaria se ha vuelto una tarea mucho más compleja que en sus orígenes, porque el público ha dejado de responder a las estrategias consagradas del pasado. Mi hipótesis es que esa hiperprofesionalidad disciplinar y la larga estabilidad de ese modelo –desde la formación del Estado hasta hace no más de 20 años– genera feroces resistencias hoy en día: resistencia a la crítica de los pares, de la conducción, de los alumnos, a la intervención de otros agentes… a la evaluación.

En consecuencia, el desfasaje entre las expectativas originalmente puestas en la secundaria y las necesidades que exigen su atención, decanta en una virtual desregulación de hecho: nadie acata directivas, todos laburamos solos y a voluntad, haciendo caso omiso, cuando se nos canta, de los marcos regulatorios y de las jerarquías institucionales y ministeriales. Nadie responde a nadie más que a sí mismo.

Así planteadas las cosas, les deseamos un Feliz día a todos los y las profes de secundaria, en este día que recuerda al pensador católico José Manuel Estrada.

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